El microcosmos del póquer. Luces y sombras por TheBigTrujillano

La primera vez que vi jugar al póquer en la televisión encontré en ello el mismo interés que pone un koala cuando le echa un vistazo a su hoja de eucalipto. Hasta que, observando el World Poker Tour, cambié de opinión. Siempre tuve la impresión de que el póquer se trataba de un par de chavales raritos desafiándose interminablemente con la mirada y observando fijamente un puñado de cartas esparcidas sobre la mesa. Y no pasaba nada, al menos eso me parecía. De hecho, los patos parecen muy pasivos cuando se les ve en la superficie del mar pero bajo el agua, sus pequeñas patas se agitan a cien por hora…

Jon Favreau. Actor y director de cine.

Con los músculos agarrotados después de una sesión de casi nueve horas, realizó los últimos apuntes con los resultados de la dura jornada en su rudimentaria tablita de Excel. Había ganado cuatro cajas y media en cash y se había metido en la mesa final del cincuenta mil “guaranteed” de Poker Stars, así que cerró la última mesa, abierta sólo para gamberrear con un par de amigos, se despidió de ellos vía “Messenger”, analizó los últimos datos acumulados en el “Poker Tracker”, respondió con guasa un eterno hilo abierto en el foro de Póquer Red y el mismo cansancio le llevó, en volandas, a la cama, con una abierta sonrisa: “Me gusta esto del póquer”, se dijo antes de cerrar definitivamente los ojos…

Probablemente este pensamiento fingido no resulte del todo extraño a muchos de los que decidan echarle un vistazo a este artículo, aunque eso sí, quizá no con esas connotaciones tan positivas.

Si somos capaces de despojarnos de todo lo que sabemos y de todo lo que hemos vivido como habituales del póquer “on line”, es decir, si nos transformamos en meros observadores neutros, coincidiremos en que el juego del póquer reúne una serie de características que le conceden un poder de atracción casi irresistible.

Siendo simplista, esa perspectiva de llegar a ganar cantidades escandalosas de dinero mezclando habilidad y unas pocas dosis de suerte (hemos dicho que íbamos a ser simplistas, reitero), llegar a vivir esos ambientes de película de los eventos en vivo e incluso presumir de dedicarnos profesionalmente al póquer, con lo que ello conlleva de rebeldía, una pizca de aire canallesco o de espíritu libre, dan un argumento al por qué tantos miles de personas deciden arriesgar una parte de su capital en las salas para saber hasta dónde pueden llegar.

No lo podemos negar. Hay un no sé qué de irrefrenable gusto por el juego latente en la psique de cualquier ser humano y eso es lo que nos lleva, aún en contra de otras convicciones morales o éticas, a enfrentarnos a desconocidos con el único arsenal de dos cartas en la mano, una cantidad de dinero en litigio y nuestra capacidad de comprensión y puesta en práctica de las reglas del juego.

A partir de aquí, cada jugador planificará de qué manera quiere utilizar esa nueva arma que tiene entre sus manos, y, mientras tanto, irá notando, con el paso de las manos jugadas, que la suerte adquiere un porcentaje de relevancia inapreciable, decayendo en favor de la pericia y el estudio.

En lo que a mí concierne, después de más de dos años inmerso en este mundo, con bastante inconstancia, me siento atraído y disuadido, en partes iguales, por lo que el póquer me ofrece. Y me atrevería a asegurar que esa sensación que yo tengo la comparten jugadores mucho más experimentados, los cuales, en sus niveles, saben perfectamente discernir “el grano de la paja”.

Por ello comprendo por qué tantos jugadores que han sido sufridores de esos bad beats traicioneros o de esos downswings tan dolorosos y lo que es peor, de verdaderos destrozos de bank, se rehagan de tales malos momentos y busquen tiempos mejores, en resumen, siguen inasequibles al desaliento.

Pero de la misma manera entiendo a esos otros muchos que, maltratados por lo antes citado y por otras cuestiones más subjetivas (supuesta parcialidad y manipulación por parte de las salas, concepto de póquer como azar indiscutible…) abandonan su travesía por el póquer completamente desengañados.

Ay, amigos míos, ¿qué secretos esconde este juego, capaz de provocar tantos odios y admiraciones? ¿Qué nos lleva a divinizar o a vilipendiar, sin reservas ambas cosas, a jugadores que comparten actividad con nosotros? Miremos hacia el escenario un momento y escuchemos a sus participantes…

Se abre el telón. Luces y sombras sobre el escenario. Actores y actrices principales, secundarios o meros figurantes comparten mesas y acción. Va a comenzar la partida…

Primer acto

(Actor con gesto decidido, voz firme, impetuoso, un poco sobreactuado…).

“Es indemostrable la limpieza y la imparcialidad absoluta en el póquer on line mientras nos debamos a las salas que lo sostienen” Intervención del narrador: Esta afirmación genera permanente controversia y en mi modesto parecer resulta baldía.

Considero que sólo serían defendibles esas acusaciones cuando seamos capaces de demostrar que la sala acusada gana más dinero trampeando que con la descomunal comisión que todos generamos, mano tras mano, o cuando un jugador con varios millones de manos en su haber nos muestre un informe con conceptos matemáticos exhaustivos que acrediten que su juego es correcto y ganador pero los resultados no lo corroboran y, por supuesto, cuando quien se dirija a nosotros en esos términos lo haga limpio de tilt…

Otra cosa, debate diferente, es que cuestionemos la profesionalidad y buen hacer de esas salas porque gestionan pésimamente su servicio de atención al cliente, porque su política de incentivos sea de todo menos atrayente o porque su “soft” es de una estética “disuasoria”. Pero ante esto, queda nuestra libertad de decisión en los ingresos, que tenemos una amplísima carta de candidatos.

Segundo acto

(Actor de rostro sobrio, contenido, emana seguridad, demuestra evidentes tablas en la escena…)

“Tengo la certeza, basado en mi experiencia de muchos años en las mesas, de que el póquer ayuda a afianzar nuestro carácter y a mejorar en muchos aspectos de nuestra personalidad”. (El narrador, en este caso, decide permanecer en silencio, dejando la palabra al reputado actor).

“Después de pasar muchas horas en las mesas, creo estar en disposición de afirmar que el póquer, debidamente encauzado y teniendo claro que no deja nunca de ser una fiera dormida que puede hacer daño a quien no sepa manejarla, aporta innumerables ventajas” (el veterano actor, tras profunda respiración, se dispone a enumerar “de corrido”):

Estabilidad emocional.

Acrecentamiento de la capacidad intuitiva.

Percepción más acentuada.

Mejoría de reflejos.

Afianzamiento de los conceptos de razonamiento matemático.

Control del temperamento.

Capacidad de frustración.

Adaptabilidad ante situaciones cambiantes.

Aumento de la concentración en situaciones extremas.

Mayor actitud reflexiva.

Rapidez y fortaleza mental.

Pensamiento estructurado y jerárquico.

Progresión y superación como persona.

Madurez en la gestión económica.

Afinamiento en la lectura de los oponentes.(…)

Tercer acto

(Actor de afectada expresión, cargada de desengaño, de parlamento desasosegado).

“Un juego que, por su esencia, tiene un alto componente adictivo y emocional y en el que las cantidades económicas pueden pasar, sin solución de continuidad, del debe al haber y viceversa gracias a unas pocas variantes, coloca a las personalidades más frágiles en la peligrosa frontera de la enfermedad, de la ludopatía”.

Intervención del narrador: La ludopatía es la mayor de las sombras que planea sobre el póquer y estará muy cerca del jugador desde el momento en que transformamos el orden, el autocontrol y el respeto por la gestión económica equilibrada en una actitud enfermiza y pasional en exceso y en indisciplina.

Cuando la víscera se impone al cerebro, cuando el juego deja de ser algo racional y ordenado para ser algo obsesivo, cuando no aceptamos la derrota, cuando no sabemos decir “basta”, cuando no aceptamos el consejo ajeno, cuando estamos en tendencia perdedora y no nos paramos a reflexionar…estamos cumpliendo con toda la sintomatología del ludópata y quizá sea demasiado tarde par reaccionar.

Último acto

(Actor modesto, de maneras bondadosas, muy querido por el gremio a pesar de desempeñar papeles pequeños).

“Es digno de considerar el particular espíritu de compañerismo y desinteresada colaboración que se detecta en la comunidad del póquer, aspecto, cuando menos paradójico si tenemos en cuenta que el interés y la dedicación a este juego se basa en el objetivo a corto plazo de conseguir unos beneficios económicos apreciables y para eso, lo que menos puede ayudar es dedicar tiempo y saberes en el prójimo, algo que parece contraproducente si no es por mera satisfacción personal”.

(El narrador asiente y cierra el telón en el momento álgido, mientras se escuchan los aplausos del respetable). 

“Lo había vuelto a repetir. Se desmoronó llorando sobre el teclado, con una sensación interior que no era ni de enfado ni de tristeza, sino de terror. Había vuelto a perderlo todo y no encontraba explicación. No podía recurrir a sus colegas del póquer ni a su familia, porque él mismo había decidido que no estaban de su parte. Alzó la cara por un momento y vio a su esposa en la puerta de su habitación. Ella sí moría de impotencia y tristeza. Él no supo articular palabra, no supo musitar esas excusas que tanto había dado otras veces. Por dentro sabía que volvería a repetirlo…estaba enfermo y solo. Ella se alejó. Él abrió de nuevo el software de la sala…Sólo una vez más…Sólo una…”

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