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Tema: La última partida

  1. #1

    Fecha de Ingreso
    23 Jan, 09
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    221

    Predeterminado La última partida

    No se si es posible escribir dos textos. Si no estuviera permitido, pido las disculpas del caso, y que los moderadores hagan su tarea.


    La última partida

    Mercedes es una localidad situada a unos 100Km de Buenos Aires. Zona ganadera y de agricultura, con un casco de pueblo muy pintoresco y muy agradable.

    Los alrededores de Mercedes tienen buena parte de los campos más valiosos de la pampa húmeda. Allí tengo mi refugio, mi escape hacia la naturaleza, mi estancia. Treinta y dos hectáreas de tierra fértil, algunas vacas criadas más para consumo personal que como negocio, mis caballos de raza que serían la envidia de algún jeque árabe y un casco de estancia remodelado pero que mantiene los vestigios de una época dorada que ya no volverá. Su nombre, La Carolina es un humilde homenaje a la mujer que hizo que mis días fueran mejores.

    Es mi tierra, es mi lugar en el mundo y es el lugar que elegí para la aventura que programé y me propongo contarles.
    A estas alturas de mi vida, ya nada importa. Se me dirá que estoy loco, o que estoy demasiado cuerdo para este mundo y para esta sociedad. Se me dirá que hay otras formas de buscar la justicia. Pero cuando los años que vemos para atrás son muchos más que los que vemos para adelante, la perspectiva de ciertos valores morales se modifica.

    A los hechos.


    “Esta no será un reunión más. Me propongo brindarles algo especial. Mis mejores vinos, mi mejor carne asada, y una sorpresa que espero sean del agrado de todos. Estoy seguro que no defraudaran mi empeño en preparar una velada especial. Los espero en La Carolina el próximo día sábado a las veinte horas.

    Esteban Moreno del Campo”


    Eran 5 los invitados que habían recibido esa nota.

    Matías Moro, de 50 años bien llevados, hombre de letras y persona de infinita cultura. Probablemente el más inteligente del grupo, perspicaz y despierto, siempre atento. Supo administrar la fortuna de sus padres y siendo hijo único dedicó su vida a lo que más le gustaba, disfrutar el arte, siendo incapaz de crearlo. Su galería en el barrio porteño de Palermo era de las más visitadas y mayor renombre del país, y probablemente de Sudamérica. Compañero de estudios secundarios y vecino del barrio privado Los Horcones, donde ambos residimos.

    Leonardo López Lusiana, de 55 años. Un financista inteligente cuya mayor virtud es y fue siempre rodearse de personas influyentes. Generalmente bien conectado políticamente. Casado por interés con María Grazia Arguacia, hija de un ex ministro de la corte de justicia. Con muchísimas conexiones en los Tribunales. También vive en Los Horcones, lindando nuestras propiedades la una con la otra.

    Ricardo Rubén Ribolzi, de 48 años. Hacendado del sur de la provincia de Santa Fe, nacido en Pergamino, una localidad de la provincia de Buenos Aires. Su familia se trasladó de pequeño a la provincia vecina donde vivió hasta los 15 años. Hizo los últimos años de secundario en San Andrés Labrador junto a Matías Moro y a mí. Viudo de la hermana menor de Leonardo López.

    Alejandro Achaval, de 57 años, el mayor de todos, y sin lugar a dudas el más divertido. Una personalidad jovial, entretenida, jamás exenta de inteligencia. Siempre con la palabra justa, amable, agradable. Su don era ser carismático. Alejandro es la clase de persona que siempre cae bien, que siempre agrada, que siempre es aceptado. Mujeriego por vocación y en alguna época uno de los solteros más codiciados del país. Dueño de una inmensa fortuna desarrollada en base a medios de comunicación. Negocio familiar desarrollado por su padre, y heredado a la muerte de estos, y de su hermano mayor Hidalgo Achaval.

    Ernesto Etcheverría, de 51 años. Tímido, casi retraído. La clase de personas que temen expresarse por miedo a ser rechazadas. Había sido un ilustre abogado, socio del estudio más importante y de mayor renombre del país. Nadie sabe bien porque, ya que nunca desea hablar del tema, se retiró del estudio. Con una fortuna modesta pero suficiente para un hombre de gustos vulgares, su vida transcurre entre la pintura aficionada y encuentros de sociedad a los que gusta concurrir.

    Los invitados, como era de esperarse, llegaron a La Carolina con una puntualidad propia de los suizos. Eran las veinte horas de un espléndido día de primavera en un hermoso lugar. Nada vaticinaba lo que sucedería después.

    Con la hospitalidad que me caracteriza y que mis invitados me reconocen, les ofrecí lo mejor de mi bodega. Unos malbec traídos especialmente por mi amigo el enólogo Humberto de la Rosa Eguy, que pertenecían a una partida especial de tan sólo 15 botellas de la bodega Saint Priones.
    Mientras nuestro paladar se nutría de los aromas de tan delicadas cepas, nuestro olfato podía anticipar lo que vendría. En el asador se ponía a punto los mejores cortes de ganado que el mundo haya conocido, exclusivamente para mis invitados.

    La cena transcurrió calma, con las típicas conversaciones de un grupo de tales características. Como anfitrión me sentía satisfecho por el clima que había logrado crear. Estaba completamente seguro que todos mis invitados estaban pasando un momento de lo mejor.

    Terminamos de cenar, y se dio paso al café, el coñac y los habanos. Para esto pasamos al salón contiguo al comedor. Una sala decorada por mí mismo que era mi sitio preferido de la estancia. Un salón amplio con sillones cómodos situados en forma de herradura con la abertura a un hogar de piedra. El hogar estaba apagado pues no era época en que se necesitara.

    A un costado, la sorpresa que les tenía preparada. Una mesa de poker de seis posiciones. El paño verde reluciente las fichas apiladas y preparadas, y el mazo de cartas listo.

    - Amigos, los invito a una partida de poker.

    Sabía perfectamente que nadie rehusaría jugar. Por estos lugares acostumbramos jugar los que damos en llamar poker cerrado de 5 cartas, que no es ni más ni menos que lo que se conoce en inglés como “five cards draw”.

    Matías con su tono nasal tan acostumbrado preguntó,

    - ¿De que valor son las cajas?

    Y mi respuesta los sorprendió. De ninguno. Vamos a jugar un Strip Poker.
    Murmullos y risas y nuevamente Matías,

    - Esteban, ya estamos grandes para esos juegos.

    “Es que no me han comprendido”, dije yo y explique. Jugaríamos un Strip Poker del alma. Cuando cualquier de los participantes perdiera su pila de fichas, desnudaría su alma delante de los demás, con una pregunta que debería responder y que yo como anfitrión efectuaría.

    Como personas de honor que éramos los presentes dábamos por descontado que todos responderían con la verdad. Pero como corresponde a verdaderos caballeros en ese momento y mirando a los ojos de los demás, todos juramentamos decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, si nos tocara responder.

    Y empezó la partida.

    Al principio, había tensión, no se sentían cómodos. ¿Qué preguntaría? ¿Por qué habría planteado ese juego?, pero el correr de la partida fue aflojando los ánimos.

    Siempre he considerado que tengo cierta ventaja en este juego, pero ese día estaba particularmente iluminado. Por no decir que la suerte estaba total y absolutamente de mi lado. Alguien más supersticioso que yo podría pensar que la justicia divina existe, y merecía que ese día me fueran bien las cosas.

    Para no hacer tan largo este relato con detalles que son de menor importancia, vale decir que el primero en perder su pila de fichas fue Alejandro Achaval. Nuevamente renació la tensión. Algo en el ambiente indicaba que este no era tan sólo un juego más. Alejandro algo más pálido que lo habitual me miró como miraría una víctima a su victimario, reclamando piedad, puesto que algo le hizo ver que tenía yo algo en mente, y que no sería agradable.

    Mi pregunta fue simple, directa, y potente como un martillazo en la coronilla.

    “Alejandro, todos sabemos que hace quince años que estás al frente de tu empresa. Y sabemos que la has dirigido de una forma admirable consolidando un emporio que es hoy un emblema nacional. También sabemos que estás al frente de la empresa a partir del fallecimiento de tus padres y tu hermano mayor. También sabemos que murieron ellos en un accidente mientras volaban en su avioneta privada entre Salta y Córdoba. Por favor, ¿podrías contarnos como es que planeaste el asesinato de tus padres y de tu hermano?”


    La palidez en el rostro de Alejandro se hizo más marcada y pensé que se desmayaría en ese preciso instante. Amagó una reacción de indignación pero se contuvo. Los demás invitados me miraban con curiosidad, puesto que a estas alturas pensaban que tan sólo se trataba de una broma de pésimo gusto de mi parte. Pero la palidez en el rostro de Alejandro no admitía dudas. Era un reconocimiento físico de mis palabras. Su rostro parecía querer decir, “es cierto, fui yo”.

    Comenzó balbuceando algunas palabras ininteligibles, y su honor le impedía mentir. Pero había algo interno más fuerte que él que no le permitía expresarse. No hacía faltan las palabras. A esas alturas todos sabían que había confesado su crimen. Todos, excepto yo, estaban totalmente en estado de shock. Pero en especial Matías Moro, pensé por un instante, que se desmayaría, lo que no convenía para nada a mis planes. Pero resistió.

    Alejandro bajó la cabeza y se retiró del salón, hacia la habitación de huéspedes del lado oeste de la casa.

    Entre estupefactos y cohibidos, los demás me miraban como pidiendo explicaciones. ¿Por qué habría yo hecho esto?

    Por otra parte, cuando me senté y comencé a mezclar el mazo dispuesto a continuar la partida, noté la preocupación. ¿Qué otras cosas me proponía revelar aquella noche? ¿Podían levantarse y dejar de jugar, y de esa forma revelar ante los demás su temor a ser interrogados? Cada uno en su fuero más íntimo sospechaba que su mejor posibilidad era intentar vencer en la partida, para evitar una pregunta. Todos sabían que tenían algo que esconder, y la duda era ¿lo sabrá? ¿Me lo preguntará?

    La tensión en la partida era evidente. Ya no se trataba de un simple juego de cartas. Se trataba de algo mucho más importante.

    El segundo en perder sus fichas, fue Ricardo Ribolzi. El temor en su cara era evidente. Sudaba, y un temblor se apoderó de sus manos. Apretaba las mismas en un intento fallido por no parecer nervioso.
    Se puso de pié como quien se para delante de un pelotón de fusilamiento y estoico se dispuso a escuchar mi pregunta.

    “Ricardo, sabemos que sos viudo desde hace más de 8 años. Sabemos sin lugar a dudas que Malena se suicidó y que no fuiste responsable de su muerte. ¿O tal vez si lo fuiste?”.

    Leonardo López se puso de pie y miraba fijamente a Ricardo. Malena había sido su hermana menor. Ricardo intentaba en vano comenzar a explicar, el sudor y los temblores se incrementaban y le hacían imposible expresarse. Cuando Leonardo iba a comenzar con su explicación un ruido sordo, como un estampido llego a nuestros oídos. Todos pensamos lo mismo en el mismo instante, y corrimos al mismo tiempo.

    Fuimos hasta el ala oeste, abrimos la puerta, y sobre la cama del cuarto de huéspedes el cuerpo de Alejandro sin vida, y el revolver de cuyo caño aún salía una mínima estela de humo. Una mancha sobre su sien de la que comenzó a brotar sangre.

    Sentí las miradas de los demás sobre mí. Me acusaban de la muerte de Alejandro. Lo había expuesto a una vergüenza que no era capaz de soportar. Para mis adentros sabía que había hecho justicia.
    No había nada que se pudiera hacer. Cerramos la puerta de la habitación y volvimos todos juntos al salón.

    Matías en tono de repeche bastante subido de tono, me pidió que dejáramos la partida que ya se nos había escapado el juego de las manos.
    Mi mirada tuvo una claridad inusitada. No pensaba de ninguna forma dejar esa partida hasta que uno de nosotros resultara ganador. Si él tenía tantas cosas que ocultar podía retirarse. Yo sabía que no lo haría. Y no lo hizo.
    Si antes Ricardo estaba nervioso, en este momento era un manojo de nervios. Empezó una breve explicación.

    “Si, fue mi culpa. Ella se suicidó, pero en realidad yo la asesiné. Marlene era un ángel, una persona maravillosa, y yo era un idiota que no supe valorar lo que tenía. Conocí a una persona y me sentí deslumbrado. Sin pensar en las consecuencias comencé a frecuentarla. Ella sabía que estaba casado y no me pedía nada, pero yo estaba cada vez más tonto, y necesitaba verla todo el tiempo. El tiempo pasó y yo estaba seguro que Marlene no sospechaba nada, y me fui volviendo descuidado. Cuando Marlene viajó a Arrecifes a ver a su prima que estaba enferma, yo llevé a Mónica a mi casa. Una estupidez de mi parte. Se suponía que Marlene no volvería hasta el domingo, pero decidió volver en su automóvil el viernes y darme una sorpresa. La sorpresa que se llevó fue enorme. Literalmente encontró a Mónica en nuestra cama. No montó un escándalo, se mantuvo con una frialdad que asustaba y me dijo que hablaríamos de esto más adelante. Es noche se suicidó. Me dejó una carta donde decía que no tenía sentido vivir luego de lo que yo había hecho. Quemé esa carta, y la investigación indicó que se había tratado de un suicidio.”


    Leonardo, estaba rojo de ira. Ricardo había matado a su hermanita menor. Como un animal salvaje se tiró sobre Leonardo y comenzó a golpearlo de una forma que ni en la peor pesadilla pudiera imaginarse. La ira desatada en Leonardo era de una magnitud increíble. Ernesto, Matías y yo sorprendidos por la violencia desatada sólo pudimos ser simples observadores, mientras Leonardo descargaba su furia contra Ricardo. La cabeza de Ricardo golpeó repetidamente el suelo, y notamos una sangrienta herida que se iba incrementando. De un instante a otro la furia de Leonardo se extinguió con la misma rapidez que había llegado. Ricardo estaba muerto a sus pies.

    Llevamos a Ricardo a la misma habitación en que estaba Alejandro. Y allí lo dejamos, como quien guarda sus triunfos y trofeos en una vitrina, yo sentía que esa era la habitación de mis trofeos.
    De vuelta en el salón, Matías volvió a suplicarme con su mirada que dejáramos el juego. Nuevamente volví a sentarme y a barajar las cartas.

    Éramos tan sólo 4 en la mesa. Matías, Ernesto, Leonardo y yo. El estado de excitación de Leonardo luego de lo sucedido, evidentemente le jugó en contra. Perdió rápidamente sus fichas.
    Su mirada, agotada por las emociones, reclamaba de mi una pregunta que sabía sería una estocada.

    Matías, me pidió por favor que no preguntara nada. Me recordó, como si no lo tuviera perfectamente claro y presente, que Leonardo sufría afecciones cardíacas, y que por ese día ya había tenido bastante.
    Lo miré a Leonardo a los ojos, y le dije,

    “No te voy a preguntar nada. Te voy a contar un secreto. Tu hermana menor no se suicidó. Ricardo la envenenó. Sabía que tu hermana le pediría el divorcio, que era probable que esto llegara a conocerse, y en su posición lo perjudicaría gravemente. Decidió que no podría soportarlo y la envenenó. Y tu esposa con todos sus contactos en los tribunales de justica logró tapar el asunto y que se cerrara la investigación con un dictamen de suicido. Tu esposa era la amante de Ricardo, y por eso lo cubrió. No sólo mataste al asesino de tu hermana, también mataste al amante de tu esposa.”


    Supe inmediatamente que lo había conseguido. La cara de Leonardo estaba reflejando lo que sucedía con su corazón. Inmediatamente comenzó a cambiar de color. Sentía la mirada de Matías, diciendo “yo te lo dije”, lo que Matías aún no comprendía es que yo quería que esto pasara.
    Leonardo se extinguió no sin dolor, ni angustia. Una imagen se dibujó en su rostro, un pedido de explicaciones. ¿Por qué haces esto con nosotros?
    El cuerpo sin vida de Leonardo fue llevado a la ya citada habituación. Cada vez más firme se imponía en mí la idea de la habituación de los trofeos.

    Quedábamos tres de vuelta en el salón.

    Matías se sentó primero, convencido de la inutilidad de intentar frenar la partida. Tomó el mazo y mezcló la baraja. Recuerdo que pensé para mis adentros que se intentaba dar ánimos. Para ese entonces yo tenía la mitad de las fichas de la mesa, y los otros dos jugadores se repartían la otra mitad.

    Matías no pudo, y cayó. Tembloroso me miró a los ojos. Y como tratando de darse valor a si mismo, puso su cara más recia y me dijo: “Pregunta, no temo”.

    “Entiendo tu dolor Matías. Se que este ha sido un día muy duro para ti. Hoy ha muerto la persona amada. No creas que no lo se. Lo sabía antes, y lo confirmé más temprano. Tu rostro al morir Alejandro confirmo mi saber. Ustedes eran amantes, eso no es ningún secreto. Sabes que no soy un hombre de prejuicios, o que al menos no lo era antes. Podías hacer con tu vida lo que te viniera en ganas, podías estar con el hombre que quisieras. ¿Por qué tenías que hacerlo además con mi hijo mayor? Si no hubieras hecho esto nunca habría dicho esto. Mira la cara de Ernesto, tu otro amante. Mira su vergüenza y su dolor. Con dos hombres al mismo tiempo, con dos amigos, viviendo una doble vida, y como si no te bastara, involucrando a mi hijo. ”

    Matías no sabía que yo lo sabía. Y se desmoronó. El llanto fue su refugio. Y dejó el salón abochornado ante la mirada de Ernesto. Había perdido a sus dos amores, uno muerto esa misma noche, el otro defraudado al conocer la verdad, jamás lo podría perdonar.

    Empezaba el mano a mano contra Ernesto, que con vacilante y tímida voz me dijo. “¿No te alcanza el daño que me has hecho?¿Que más te propones?”.

    Ernesto nunca entendió lo que pasaba. Con casi cuatro quintos de las fichas en mi poder y siendo Ernesto el peor jugador de la mesa, las cosas estaban muy claras desde el principio. En unas pocas manos Ernesto termino la partida siendo eliminado.

    Me miró suplicando indulgencia. Y le dije,

    “Ernesto, tu siempre fuiste un amigo fiel. Ya has tenido suficiente por hoy. Vete, no te haré ninguna pregunta y tampoco diré nada más”.

    Cuando quedé sólo me invadió una sensación contradictoria, la euforia por una tarea concluida satisfactoriamente, y el vacío de saber que lo que había que hacer se ha concluido.

    Los peones y el servicio doméstico encontrarían al día siguiente los cuerpos sin vida en la habitación de los trofeos, y a Matías ahorcado en el galpón donde se guardan los trastos. No quiso darme el gusto de verlo sin vida, y se la quitó a mis espaldas.

    Alguien podría preguntarse ¿Por qué? ¿Qué maldad habita en mi corazón para llevarme a esto? Es más bien simple.

    Nada de esto hubiera pasado por mi mente si Matías Rosso da Vega mi médico de cabecera no me hubiera dicho hace casi tres meses de mi cáncer terminal.

    “Te quedan tres meses, cuatro a lo sumo, y no hay nada que hacer. Disfruta lo que te queda, hace lo que siempre quisiste hacer y nunca pudiste”.

    Palabras muy fuertes, palabras llenas de contenido. Y me puse a pensar.

    ¿Qué es lo que siempre quise hacer y no pude? Y la respuesta vino sola. Quiero Ganar. Quiero ser el que gane. Desde chicos con algunos de más grandes con otros, mis amigos siempre me habían ganado.
    Una mujer que me interesaba, era conquistada sin saberlo él por un amigo mío. Un negocio que se me escapaba a manos de otro. Muchas pequeñas cosas. Siempre alguien hacía las cosas mejor. Siempre alguien ganaba, y no era yo.

    ¿Qué es lo que más quería en la vida? Quería ganarles a mis amigos alguna vez. Pero no alcanzaba con ganar una vez. Tenía que ser yo quien ganara la última mano. Tenía que ser yo quien tuviera la última palabra.
    ¿Qué cosa sabía hacer yo mejor que los demás? Tan sólo jugar Poker.

    Tenía que ganar la última partida.


    Con el placer de saber que lo había logrado, tomé la reina de corazones, y la guardé en el bolsillo de mi camisa, al lado de mi corazón. Tomé el As de picas, y lo puse en mi frente. Y apuntando certeramente logré que la bala pasara justo por el medio de la pica central, y terminara la partida.





    Espero que les guste el texto. Gracias por leerlo.






  2. #2
    Moderador Avatar de The Big Trujillano
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    25 Nov, 07
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    Predeterminado Re: La última partida

    Cita Iniciado por Galoper Ver Mensaje
    No se si es posible escribir dos textos. Si no estuviera permitido, pido las disculpas del caso, y que los moderadores hagan su tarea.

    Sin ningún problema al respecto Galoper, extraido de las reglas del Duelo de Escritores:


    Cita Iniciado por Jairo Ver Mensaje
    Un participante puede enviar tantos artículos como desee, abriendo un hilo por artículo.


    A ti te estoy hablando, a ti, que nunca sigues mis consejos, a ti te estoy gritando, a ti, que estás metido en mi pellejo, a ti que estás llorando ahí, al otro lado del espejo, a ti, que no te debo, más que el empujón que anoche, me llevo a escribir esta canción...

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