Él está aquí y allá. Aquí, está sentado en una mesa de póker esperando por un par de cartas razonables. Es un torneo con una entrada de mil quinientos pesos y sólo quedan dieciocho jugadores después de ocho horas. Ya estaba en premios, pero eso no importaba; su meta es ganar el torneo, el cual ya se le había escapado en tres oportunidades quedando en las puertas de la mesa final. Quiere demostrarles a todos que no sólo es un jugador regular que puede llegar a los premios sino que también es un jugador que puede ganar torneos. Sin embargo, lo único que está haciendo es levantar cartas y devolvérselas al croupier. A su izquierda, hay un joven encapuchado y con gafas oscuras; a su derecha, un tipo con una barba candado y expresión firme, casi inmutable.
Nuevamente la tediosa ciega grande; él levanta sus cartas y ve un siete junto a un tres. Todos tiran sus cartas hasta llegar al tipo rudo que está a su derecha; éste anuncia que va a subir y él tira inmediatamente sus cartas sin dejar siquiera que diga el monto de la subida.
Mientras tanto, allá, está escuchando a su esposa pidiéndole el divorcio.
-¿Cómo puede pedirme el divorcio si estamos mejor que nunca? –se pregunta él.
-¡Es verdad! ¡Encima se queja de que estamos todo el día jugando al póker cuando este juego nos da de comer! ¡Qué injusta que es la vida! –exclama fuertemente una voz.
-Señores, están equivocados. Ella está en lo correcto; nunca la llevas a comer a ningún lugar, ya casi no estableces diálogos entretenidos, sólo le devuelves respuestas cortantes… -dice otra voz más suave, casi murmurando.
-¡No te preocupes, encontraremos otra mujer que sepa apreciar lo que hacemos! –interrumpe la voz más fuerte.
-Pero ella tiene una chispa única, no creo que encuentre otra mujer como ella –dice él, recordando los momentos felices en que apenas se estaban conociendo.
-Sí, tenés razón… -admite la voz más fuerte, preocupada.
Aquí, todo sigue igual. Todo su cuerpo está acalambrado; sus piernas están demasiado tensas y, cada tanto, siente una corriente desagradable atravesándolas. Sus brazos, por el contrario, están inquietos; a veces, se entrelazan apretados contra el pecho y, otras, hacen de soporte para su aburrida cara. Por su parte, el estómago está empezando a levantar una protesta contra él haciendo ruidos extraños que piden comida. Sus sentidos parecen estar atentos a todo lo que pasa en la mesa; sin embargo, si tuviera que dar una explicación de toda la acción que estaba sucediendo en la mesa, no hubiera podido dar muchos detalles ya que todavía seguía allá.
-¡¡Comida!! –grita la voz más fuerte.
-Regresa a casa y pídele disculpas –dice la voz más suave.
-¡Ella insultó nuestro trabajo, ella nos tiene que pedir perdón! –exclama la voz más fuerte enfadada.
-Si le pido perdón tal vez recapacite y podamos volver a estar juntos… –reflexiona él.
-No es ella quien tiene que recapacitar, eres tú el que tiene que cambiar –explica la voz más suave.
-¡No vamos a cambiar! ¡Esta es nuestra vida! ¡Sólo tenemos que encontrar a alguien que se adapte a nosotros y nos quiera como somos! –grita la voz más fuerte.
-Ustedes no quieren… -empieza la voz más suave pero él lo interrumpe.
-As rey; estoy en el botón, todos foldearon, tengo que subir. Las ciegas están en quinientos y mil, voy a subir cuatro mil quinientos.
-Subo a cuatro mil quinientos –dice él con voz firme.
La ciega grande tira sus cartas, pero la ciega chica paga la subida. Es un señor de unos treinta años con saco y corbata, vestido para una reunión empresarial importante. El flop trae: 3-10-8. Dos son del mismo color. La ciega chica pasa y ahora es el turno de él.
-¡Apuesta! ¡Tendría que tener cartas altas como nosotros! ¡Podemos hacerlo tirar sus cartas! –gritó la voz más fuerte.
-Ocho mil –dice sin inmutarse él.
El jugador en la ciega chica se lo piensa unos segundos y termina pagando.
-Debe tener proyecto a color… -dice la voz más fuerte con un dejo de preocupación.
La cuarta carta trae un rey que no completa un posible color. El rival de él vuelve a pasar.
-¡Qué buena carta! ¡Muchas gracias croupier! –exclama la voz más fuerte con una mezcla de alivio y euforia-. ¡Hay que seguir apostando!
-Veinte mil –dice él.
Casi sin pensarlo el jugador de la ciega chica anuncia que está all-in. La duda y el miedo invaden su ser.
-¡No tiene nada! ¡Tenemos que pagarle! –exclama la voz más fuerte.
-¿Tiene un diez y no me apostó? ¡Imposible! –reflexiona él-. ¡Está buscando el color!
-Puede tener un par doble o un set –murmura la voz más suave.
-Sí, puede ser –admite él-. No tengo información de mi rival, no me acuerdo de ninguna mano que haya jugado.
-¡Tenemos el mejor par de la mesa! ¡No podemos foldear! –grita la voz más fuerte.
-¡No pagues! ¡Tendrás otra oportunidad! –dice la voz más suave.
-¡Empuja las fichas! –exclama la voz más fuerte haciendo callar a la más suave.
-Pago –exclama finalmente él.
El señor dio vuelta sus cartas dejando ver dos ochos.
-¡No puede ser! ¡Otra vez afuera! ¡Nooo! –grita la voz fuerte lleno de ira.
Aquí, él se agarra la cabeza, totalmente desilusionado. Seguía sin poder ganar un torneo. El croupier da vuelta la quinta carta, un diez, que no cambia nada.
La bronca y la tristeza se apoderan de él. Lo único que quiere ahora es volver a su casa y dormir; no pensar en nada, no quería volver allá donde todo era confusión y más ira.
Doce de la mañana del día siguiente. Allá, las cosas están un poco más calmas. Después de haber escuchado el último consejo de la voz más suave unos minutos atrás, el silencio se había apoderado del ambiente. Sin embargo, se puede sentir el nerviosismo y la vergüenza de la voz más fuerte Él, por su parte, ya sabe muy bien lo que tiene hacer…
Aquí, en su casa, se escucha el ruido de la puerta abriéndose. Armándose de valor, se dirige al hall donde está su esposa y sin dejarla decir algo, le dice:
-Mi amor, lo siento, ayer entré en razón y me di cuenta de todos los errores que cometí. Te prometo que ya no me voy a pasar los días jugando al póker, sólo voy a jugar un par de horas por día. Por favor, dame otra oportunidad.
Su esposa sin decir nada lo abraza fuertemente y lo besa.
-¡Nos perdonó! ¡Sí, que bien se siente esto! –exclama la voz más fuerte eufórica.
-¿Vamos a comer afuera? Conozco un buen lugar para ir –dice él feliz.
-Encantada –dice su esposa sonriéndole y los dos salen de la casa tomados de la mano.
Ya no hay bronca ni tristeza, ni aquí ni allá. Todo es felicidad en él.