Necesito explicar y dejar aquí colgado por un tiempo el error que cometí hace unos lunes en un Poker In del Casino de Barcelona y que merece que me ponga de rodillas de cara a la pared con birrete de burro. No es que jugara mal del todo y al fin y al cabo un error es solo un error, pero un error que se repite pertinaz, partida tras partida, torneo tras torneo, no puede ser solo un error: es también signo de mal juego, incluso de cerrazón ante las cosas de la vida que hay que ir cambiando y que aún esforzándonos no somos capaces de cambiar. Ya saben, uno hace categoría de la anécdota y tras un mal torneo se replantea hasta el color de los calcetines. Lo que no puede ser es que tropiece siempre con la misma piedra, sistemáticamente. Espero que este post sea el primer paso necesario para el cambio: reconozcamos el error.

Y el error consiste en huir hacia delante y no saber parar cuando todo indica a las claras que me estoy echando la soga al cuello. En concreto consiste en intentar un farol sin siquiera haber visto el flop en una mesa llena de jugadores con muchas más fichas que yo y, aún teniendo a mi lado a un tipo que me aguanta los envites, seguir echando puntos al bote sin pensar que quizá sea él el que está jugando conmigo, que quizá juegue lento con una barbaridad de mano. Vamos, consiste en ser paloma por querer ser gavilán; como un soldadito adolescente oculto entre matorrales en pleno Vietnam que de repente, acojonado por los horrores de la guerra, loco de remate, sale gritando de su escondite para matar charlies y cae abatido en seis segundos. Ese fue mi error.


La mano en cuestión la empezamos tres. Conmigo, el líder en fichas, un gigante impasible, y mi verdugo, un cincuentón aparentemente más curtido en los tapetes que en las pantallas, educado y para más inri simpático; se acababa de recuperar de una mala racha y también tenía bastantes más puntos que yo. Vistas las tres primeras cartas de la mesa, tanto el gigante como mi verdugo, por este orden, pasaron. Con mi primera subida el primero se tiró de inmediato, lo cual me animó porque ante mí quedaba solo el cincuentón simpático que, precisamente por su simpatía y su mala racha, me intimidaba poco. Ese fue mi primer mal pensamiento.


Salió la cuarta carta común y tras pasar mi verdugo por segunda vez, yo, sin absolutamente nada, seguí envidando, creyendo que antes me había seguido por seguirme, como un mal jugador, con un proyecto remoto. Ese fue mi segundo mal pensamiento. El cincuentón vio y yo ya no sé lo que se me pasó por la cabeza. Mis siguientes seis malos pensamientos se mezclaron sin sentido y como el soldadito adolescente, obnubilado por los elementos, pensé que mi única salida era huir hacia delante. Con la quinta carta comunitaria en la mesa, con todo el juego a la vista, con un tipo tranquilo frente a mí que volvió a pasar, envidé por tercera y última vez, con muchas más fichas que antes, casi sin ser consciente de que si perdía la mano tenía ya un pie en la tumba. Así fue.


Cuando escamparon las nubes de mi cabeza, mientras mi verdugo susurraba que aquello se nos había ido de las manos, me dí cuenta del error cometido, el mismo error pertinaz que tantas veces cometo y por el que hoy merezco el birrete de burro, que solo me quitaré cuando aprenda a respirar antes de salir de los matorrales y deje de huir hacia delante. Quizá es que soy demasiado joven para jugar a póquer.