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Tema: Sobre el engaño

  1. #1

    Predeterminado Sobre el engaño

    Sobre el engaño

    “Et desque el pico fue avierto para cantar, cayó el queso en tierra, et tomólo el raposo et fuese con él; et así fincó engañado el cuervo del raposo, creyendo que avía en sí más apostura et más complimiento de cuanto era la verdat”.
    Don Juan Manuel, “El conde Lucanor”.


    I

    Una vez, cuando tenía trece años, me llevé una grata sorpresa al salir del colegio: mis abuelos (que en paz descansen) habían venido a visitarme a la gran ciudad, después de mucho tiempo sin salir de su pueblo.
    Cuando terminamos con los saludos, nos tomamos un taxi hasta un restaurante al que íbamos siempre que venían a Buenos Aires, casi ritualmente. Pero esta vez fue distinto. Mi abuela bajó primero y entró rápido, para ir buscando una mesa de las buenas, esas que dan a la ventana. Y yo me quedé rezagado con mi abuelo, quien por su físico e idiosincrasia siempre iba a otro ritmo. Cuando cerré la puerta del taxi, un transeúnte de andar rápido le dijo a mi abuelo, como al pasar -como quien coloca una trampera en el bosque o arroja un espinel al mar, pensé después-: “Cómo le va, doctor”. Aquellas palabras bastaron para abrir la charla, que dirigida con extrema ocurrencia y habilidad por el hombre, fue recorriendo diversos tópicos del mundillo hospitalario: el hijo doctor de mi abuelo doctor (mi padre), el Hospital Garrahan, donde trabaja, y donde, curiosamente, este sujeto tenía una sobrina internada. No faltó la referencia a mí por parte de mi abuelo (“y este es el hijo menor de Juan”, creo que dijo), a la que el cuentero respondió dándome un beso en la mejilla y mostrándose impresionado por lo que había crecido. La resolución fue tan burda como efectiva: nueva mención de la sobrina internada, ahí nomás mangazo para comprar los remedios en la farmacia, a donde justo se dirigía cuando providencialmente nos encontró, mi abuelo que abre la billetera, le va a dar uno de cincuenta, pero no, el cuentero que pide y ya toma el de cien, confiado, y promete volver a alcanzar el vuelto. Siempre me culpé por no haber entendido la escena, víctima como era de ese don compartido entre infantes y seniles, la ingenuidad. Recién la voz de mi abuela, cuya tonalidad de lamento me quedó marcada a fuego, logró hacerme ver la luz: “Ay, Sasso, te hicieron el cuento del tío.”

    II

    El incidente, vaya a saber por qué, desató en mí cierta fascinación por el tema del engaño, que ya estaba latente desde el descubrimiento de la inexistencia de Papá Noel[1], y que luego se acrecentaría con otros descubrimientos, a saber: la cópula[2], la no existencia de Dios, la sí existencia de Francisco, un catorceañero que mantuvo un romance con mi novia de diecinueve, y un largo etcétera. ¿Cómo olvidar cuando en la escuela nos dijeron que nos llevarían a la fábrica de pan Fargo, un vil engaño que fueron tejiendo y destejiendo a gusto, entre directora sádica y señoritas cómplices, con la excusa de nuestra mala conducta? ¿O cuando la maestra de lengua de sexto me prometió un autógrafo del Pacha Cardozo (vecino suyo, mintió) si mejoraba mi ortografía? ¡Con cuánta determinación e inocencia me volqué esa vez al estudio sistemático del Ortografón, deseoso como estaba en ese entonces por conseguir la firma del marcador de punta más mediocre que dio la historia de Vélez!
    Es así como, mientras crecía en mí esta suerte de obsesión por engaños y traiciones de toda índole, empecé a recopilar mentalmente, dentro del abanico de mis intereses, una suerte de catálogo de todas esas prácticas condenadas por Dante al octavo círculo del Infierno[3].

    III

    Una vez que se tiene un catálogo considerable surge el problema de someterlo a algún tipo de clasificación que ordene un poco las cosas: engaños más o menos morales, más o menos creativos, más o menos inteligentes.
    De los primeras, cuento con muy pocos, y por ello merecen ser nombrados: uno es, por ejemplo, el de la madre de Maradona, quien cada vez que había poco en la mesa se eximía de probar bocado acusando dolores de estómago, y permitiendo así a sus hijos comer sin ningún tipo de culpa (hasta que se dieron cuenta).
    Para los que han visto Lost, la forma en que Desmond y Charly se engañan mutuamente -aquél intentando salvarle la vida a éste, y éste queriendo sacar de la isla a sus compañeros- entra en esta clasificación. También, considerando eso de que “el que roba a un ladrón, cien años de perdón”, el laberíntico engaño de Gastón Pauls a Ricardo Darín en Nueve Reinas. Y, por supuesto, el conmovedor juego por puntos en que convierte la guerra Roberto Benigni en La vida es bella.
    Los engaños condenables moralmente, en cambio, son moneda corriente. Acá entraría desde el típico cuento del tío hasta el beso de Judas, pasando por el riñón que le robó el padre a Locke, los timos de Sawyer, las habichuelas mágicas, las elecciones políticas y el cristianismo al que el mismo Judas traicionó (aunque entonces, de nuevo, el que roba a un ladrón...).
    En cuanto a la creatividad, la primera distinción evidente es entre engaños prefabricados y originales. Los comúnmente denominados “chorros”[4], bandidos rasos sin muchas pretenciones, no suelen cometer ilícito alguno que se despegue demasiado de lo que es el canon, la tradición delictiva. Se dedican a unas pocas prácticas que les son dadas de antemano y las perfeccionan, como todo profesional de esta época.
    Un ejemplo de creatividad fraudulenta, en cambio, viene dado por el carismático señor Mandino, conocido entre los seguidores de Los Simpson por su ingeniosa serie de estafas a pueblitos wannabe, que en su afán de importancia se terminaron tragando: el monorriel infestado de zarigüeyas (“a la grande le puse Cuca”) y sus respectivos frenos marca Patito[5], el rascacielos de papel, la lupa gigante y la escalera mecánica al cielo.
    Otro engaño que encuentro ingenioso y desopilante, ya más cercano al mundo del póquer, es el que elucubra Maverick (protagonizado por Mel Gibson), en la película del mismo nombre, al hacerse pasar por un funcionario de “asuntos indios” para conseguir los dos mil dólares que le faltaban a Jodie Foster[6]. La película Atrápame si puedes, con Tom Hanks y Di Caprio, es también un buen muestrario de esta clase de timos. Y si hablamos de casos reales, es obligada la mención del célebre robo al tren del dinero, y de aquella otra gran estafa (nombre de otra película que desarrolla esta temática, por cierto) en la que unos hackers vulneraron la seguridad de una red de bancos y extrajeron un dólar a cada cliente, realizando así un robo multimillonario pero, paradójicamente, sin grandes damnificados: un crimen sin víctimas (como pegarle a alguien en la oscuridad, diría Nelson Muntz).


    IV

    Llegamos así a la principal implicada en estas ocurrencias, la inteligencia, cualidad cuya presencia o ausencia se verá directamente reflejada en los resultados finales. Aquellos timos más inteligentes serán, en todos los casos, los que se monten sobre una debilidad específica y estudiada de la víctima: la vanidad del cuervo en la fábula del raposo y el cuervo, la propensión de Bart a elegir piedra en el piedra-papel-tijera[7], el temor del magnate ruso a ser detenido, la soberbia de Darín, la ingenuidad de Maradona Junior y del hijo de Benigni, la necesidad de afecto paterno de Locke, etc. Esta idea de explotar una franja vulnerable, allí donde duele, es bien conocida por los jugadores de póquer (o debería serlo). Bien podríamos hacer una serie análoga a la anterior: la propensión a entrar con cartas basura de éste, la facilidad para el tilt de aquél, la extrema predictibilidad del de más allá, y así.
    En lo que al póquer refiere, conozco dos clases de engaño. Uno es el engaño legítimo, realizado con las herramientas que el mismo póquer provee (faroles, semi-faroles, check-raises, slowplays, etc.). En cuanto a originalidad no se les puede pedir mucho, aunque he visto cosas verdaderamente ingeniosas (y un poco más marginales), desde jugadores que en un torneo fingen tener que irse y mandan el all in con KK, hasta el uso de estrategias conversacionales, pasando por la célebre apuesta con centavos, que en el ojo distraído infunde el mismo respeto que una apuesta mucho mayor.
    El otro es el engaño que rodea al póquer en sí, sin pertenecer en absoluto al sistema formal -saussureano, si se quiere- del juego. Caen en él tanto los jugadores[8] como las salas de póquer. La diferencia es que a los primeros no se les puede exigir corrección, mas sí a las salas. A mí me encantaría que éstas cambiaran dos cosas, a saber:
    Primero, que adviertan claramente a los principiantes sobre el uso de programas estadísticos por parte de la comunidad. Sería una buena idea un pop up que en vez de invitar a competir por un crucero en no sé dónde, nos interpele secamente con un “Acaba de realizar con éxito su primer depósito, felicidades! Y ahora, por favor, consígase el Pokertracker antes de que le hagan la cola”. Creo yo que con esa pequeña dosis de sinceridad basta y sobra.
    Segundo y último, que dejaran de ocurrir cosas como el escándalo de Absolute[9], en el que Potripper (“el destripador de botes”, nada menos) un jugador allegado a la sala (¿el vicepresidente, tal vez?) estafó al resto de la comunidad por cientos de miles de dólares. Quizás es mucho pedir, ya que en las mesas circula demasiado dinero como para que nadie se vea tentado.
    Pidamos entonces lo siguiente: que los Potrippers del futuro tengan tan poca inteligencia como el original, quien, seducido por un explosivo cóctel de ambición y estupidez (la peor de las combinaciones en un timador, ¿hace falta decirlo?), decidió prescindir de los calls, empantanándose hasta el cuello en la ciénaga del Pockertracker (y de la ley, esperemos), y arruinando así lo que con un poco más de cuidado bien podría haber sido un engaño perfecto.

    [1] Véase un excelente texto de Hernán Casciari: Orsai: El tajo de un cuchillo en el abdomen (231)

    [2] Me permito al respecto una frase de Borges: “Entonces Biow Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había afirmado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.” (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Ficciones)

    [3] Véase http://www.public.asu.edu/~aarios/re...maps/img26.jpg

    [4] Aunque Darín diría: “¿Chorros? No, eso es para la gilada. Son descuidistas, culateros, abanicadores, gallos ciegos, biromistas, mecheras, garfios, pungas, boqueteros, escruchantes, arrebatadores, mostaceros, lanzas, bagalleros, pesqueros, filos...”

    [5] Véase Marge vs. the Monorail - Wikipedia, la enciclopedia libre

    [6] Véase Maverick - 01:17

    [7] Véase http://es.wikipedia.org/wiki/Piedra-Papel-Tijera para saber cómo le fue a Phil Hellmut en este juego.

    [8] Por caso, ayer tuve el dudoso privilegio de compartir mesa con quintillizos: Beerodrigo, Beerodrigo_1, ..., Beerodrigo_n hasta n=4.

    [9] Véase Tokwiro Enterprises - Wikipedia, the free encyclopedia


    Última edición por depende; 15/11/2007 a las 20:47 PM Razón: (alinear a la derecha)

  2. #2

    Predeterminado Re: Sobre el engaño

    Bueno, el fragmento de El conde Lucanor iba alineado a la derecha, y todo el cuerpo del texto justificado, pero no sé bien cómo se logra, en fin...

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