Eternidad, de poolstar_80

Relato presentado al VIII Duelo de Escritores de Poker-Red y ganador del Premio del Jurado.

El siguiente relato fue presentado por su autor, el usuario "poolstar_80", al VIII Duelo de Escritores del Foro de Poker-Red.

La redacción de Poker-Red lo eligió como ganador del Premio del Jurado, dotado con 100€ para jugar torneos en cualquier sala de las ".es" y la publicación del texto en portada.

Capítulo1

Luis era chico normal. A sus veinte años tenía las inquietudes de cualquier persona de su edad. Estudiaba una carrera universitaria,salía de fiesta con sus amigos y le apasionaban los juegos de ordenador. Pero había algo que lo diferenciaba de la gente de su alrededor: su gran pasión por el poker y sus inmensas ganas de hacer algo grande en la vida. Su ambición no tenía límites, siempre intentaba ir un paso más allá que el resto.

Desde hacía un tiempo, había decidido que el poker sería su modus vivendi. A toda costa y, en contra de lo que le aconsejaba su familia y amigos, el poker iba a ser su gran proyecto vital hasta convertirse en uno de los mejores jugadores de la historia. Para ello, Luis, se pasaba las noches en vela creando fórmulas con infinidad de variables, haciendo tablas con el Excel y mezclando números como un mago baraja sus cartas.Trabajo y constancia no le faltaban.

A pesar de todo su esfuerzo, los resultados no le acompañaban, ni en sus partidas online contra jugadores de todo el mundo ni en los torneos en vivo que jugaba en la universidad y los bares del barrio. Estaba seguro que su método funcionaba. No podía haber ningún fallo en sus fórmulas pero siempre llegaba una mano, un jugador, una situación, que tiraba al traste todo su trabajo. Tras varios meses perdiendo dinero, tras muchas noches en sin dormir, Luis estaba desesperado. Su familia, sus amigos, su carrera, todo se estaba resintiendo por la frustración de Luis al no conseguir los resultados esperados.

Un día, ante tal desesperación, decidió que, quizá, tenía que jugar en vivo contra jugadores de verdad. Su método era demasiado bueno como para que funcionara contra jugadores mediocres que ni entendían de “outs” ni conocían una enésima parte de lo que sabía él sobre el estudio del poker. Así que decidió ahorrar parte del dinero que gastaba en las comidas en la Universidad y se apuntó al evento del año en el casino de su ciudad. “Ahí sí tiene que funcionar mi método”, pensó.

Llegó el gran día. Era la primera vez que pisaba un casino. Se sentó nervioso en la mesa, con las manos sudorosas y el corazón latiendo tan deprisa que parecía que le iba a saltar a través del pecho. Gente extraña con gafas, gorras y auriculares inmensos se sentaron alrededor de él. Por un momento pensó en levantarse y salir corriendo. La mesa se le hacía estrecha, sentía claustrofobia ante el ambiente cargado del casino y el ruido de las tragaperras. Respiró hondo.

El crupier les dio la bienvenida y empezó el torneo. Las primeras fases del torneo las jugó tranquilo. Un par de botes grandes ganados gracias a sus infalibles apuestas de continuación, un "squeeze" con JJ… su método funcionaba. Estaba relajado, seguro, jugando su mejor poker. Hasta que llegó la mano fatídica.
Tercer nivel de ciegas. Le llegó la mano con tres limpers, miró sus cartas: KK. “Ahora es el momento de pillar unas buenas fichas” se dijo a sí mismo. Hizo uno de sus "rol’s" que tanto había calculado en sus apuntes. Uno de los villanos que hizo "limp" en las primeras posiciones de repente dijo: “all in”. Por un momento Luis se quedó confundido. Su cabeza iba a cien por hora. “Un limp/push nunca tiene buena pinta viniendo de un fish, pero tengo premiums, hay que pagar” pensó. El rival mostró TT y Luis se relajó pensando en todas las fichas que iba a ganar y que le pondrían “chipleader”del torneo. Cayó el flop: J28, “perfecto” pensó él. Cae el turn: 5. “Inmejorable, nada de posibilidad de escaleras raras”,se dijo a sí mismo saboreando la victoria. Y cayó el “river”:T.
Luis se quedó helado. No oía ni veía nada más que ese T que le dejaba fuera del torneo. Se quedó unos instantes inmóvil, sin capacidad de reacción. Al cabo de unos segundos le salió un grito ensordecedor desde el mismo interior de sus entrañas: “¡Puto juego del diablo! ¿Por qué? ¿Qué más tengo que hacer? ¿Darte mi alma? Al infierno con el poker, ¡me rindo!”

Se levantó y se fue del casino mientras el resto de la mesa se quedó asombrada y mofándose de ese chaval que se iba con el cabreo de su vida.

Luis caminaba, abatido, sin un rumbo fijo. Sentimientos de ira, rabia e impotencia se reflejaban en las lágrimas que le caían de sus ojos. La desesperación hacía en su pecho tal presión que sólo abriéndoselo en canal sería capaz de liberarla. ¿Qué rumbo iba a tomar ahora su vida? ¿Qué más podía hacer? Lo había dejado todo por el poker y ese maldito juego sólo le había traído ruina, discusiones con su familia y aislamiento de sus amistades. De repente una extraña niebla pareció cubrir todo el suelo, creciendo a su alrededor. Le pareció algo inusual pero sus ánimos no estaban como para preguntarse de donde venía ese peculiar fenómeno. De pronto un estallido de luz explotó justo a cinco metros delante suyo que le dejó unos instantes sin poder ver nada. Parecía como si hubiera caído un meteorito lanzado directamente desde el Sol. Al cabo de unos instantes, cuando consiguió recuperar la visión, vislumbró una silueta negra en mitad de la intensa luz.

-¿Quién eres? ¿Qué sucede? -gritó.

-Hola Luis –dijo la figura. Su voz retumbaba en la cabeza de Luis como si unos altavoces de 200W estuvieran a todo volumen dentro de él.

-¿Quién eres, qué quieres de mí? –insistió Luis todavía aturdido.

-Creo que eres tú el que quieres algo de mí –dijo en tono pausado el espectro.

-¡No te conozco! No tengo ganas de bromas ni de chorradas, es el peor día de mi vida –contestó Luis.

-Seguro que me conoces. En algunos lugares me llaman Lucifer, otros me conocen como Belcebú y tú seguramente como Satanás. He venido a verte porque creo que podemos llegar a un acuerdo tú y yo –dijo el diablo.

-Esto no puede estar pasando, debo estar soñando –se decía a sí mismo Luis –el demonio no existe, es una invención, es imposible–se desesperaba.

-Soy tan real como tú y como tu ambición de llegar a ser el mejor, tan real como tus ganas de convertirte en alguien grande, alguien reconocido en este mundo. Yo puedo ayudarte a conseguirlo. Puedo hacer que cumplas todos tus sueños.

-¿Y qué quieres a cambio? No me creo nada de lo que dices –dijo Luis- ¿Qué podría tener yo que tú quisieras? -preguntó.

-Quiero que tu alma sea mía –inquirió el diablo- En tu cincuenta cumpleaños apareceré y vendrás conmigo. Ese es el trato que te propongo -finalizó.

Luis estaba paralizado, en su mente había una intensa batalla. Por una parte sabía que aquello no podía ser real pero por otra pensaba que, si por un momento lo fuera, como le iba a cambiar la vida. En su cabeza ahora mismo solo había pensamientos de lo duro que había trabajado, todos esos años invertidos en las cartas, la mala suerte que había tenido siempre, con la que había perdido mucho dinero que sus padres le habían dado para la universidad, en esa pareja de reyes del torneo, en toda la gente que siempre dijo que nunca lo conseguiría…

Luis, con la voz temblorosa y entrecortada y los ojos llenos de lágrimas pronunció un escueto: “Acepto”.

Capítulo 2

Sonó el despertador como cada día a las 10 de la mañana. Luis intentó palparlo para apagarlo sin llegar a abrir los ojos por el terrible dolor de cabeza que tenía. Parecía como si hubiera estado toda la noche bebiendo chupitos de whisky, uno tras otro. La luz del Sol que entraba por la ventana le quemaba los ojos. Se quedó tumbado intentando recordar la causa de tal abatimiento. No recordaba nada. Su última imagen era la salida enfurecida del casino tras el peor “bad beat” de su vida. Al cabo de unos minutos se incorporó y se fue a preparar el desayuno. Tras comer un poco se dispuso a jugar una de sus partidas matinales.

El tráfico por las mañanas era escaso pero lo bueno que tenía era que las mesas estaban repletas de jugadores asiáticos. Si bien era cierto que algunos eran buenos jugadores, la mayoría eran unos "gamblers" de mucho cuidado a los que se les podía sacar dinero concierta facilidad. La sesión duró hasta la hora de comer. Antes de cerrar su "Hold'em Manager" Luis miró la gráfica del día. No solía mirar los resultados a tan corto plazo pero ese día lo hizo porque tenía la sensación de que las cosas no habían ido muy bien. Casi se cayó de la silla cuando vio que había ganado a casi 20bb/100 consiguiendo un total de 500€.

Animado por la sesión de la mañana se dispuso a jugar por la tarde. Otra sesión magnífica. Y así día tras día, semana tras semana. Su cajero iba creciendo como la espuma. Iba batiendo niveles a un ritmo frenético. Su poker no tenía límites. Sus rivales no sabían cómo jugar contra él. Su juego era óptimo. “Foldeaba” cuando había que “foldear” como si viera las cartas de sus rivales; sus“calls” eran siempre oportunos cazando los faroles y sus “pushes” ahuyentaban a cualquier jugador que osaba retarle. Por fin todo su trabajo y esfuerzo parecía tener su recompensa.

Vagamente, de vez en cuando, rondaba en su mente, como un ligero dolor de cabeza, ciertas imágenes borrosas y confusas de aquella noche que salió del casino. Le venían recuerdos de cierta niebla, voces extrañas, sin conseguir identificar de que se trataban. Era como cuando recuerdas un sueño y no terminas de saber si ha sido real o no. Intentó aislar esos recuerdos, no le interesaban. Lo que Luis quería ahora era disfrutar de su nueva vida, llegar a jugar los límites más altos de la red, medirse contra los mejores y ganarles.

Pasaron los meses y Luis seguía ganando lo nunca visto en el mundo del poker. Había dejado un poco de lado el poker online para jugar los torneos en vivo más prestigiosos. Había sido el primer jugador en la historia en conseguir ganar cinco pruebas del EPT en una misma temporada. Se había hecho famoso en todo el mundo pokeril, todos los jugadores querían contratarlo como "coach" para que les explicara sus secretos. Pero, a pesar de todos sus éxitos, Luis no sentía una felicidad plena. Algo le faltaba, algo fallaba. Un incierto sentimiento de culpabilidad invadía su cuerpo. No sabía de dónde venía ni cómo liberarse de él.

Pensó que, quizá, lo que le faltaba era compartir su conocimiento. Hacer algo para que la gente tuviera la oportunidad de llegar hasta el punto donde había llegado él tras tanto sufrimiento. Siempre había sido reacio a compartir su saber pero decidió que ese era el momento oportuno a ver si así desaparecía ese sentimiento negativo. Junto con dos amigos de la infancia crearon una escuela de poker online. Tuvo una acogida espectacular entre la comunidad pokeril. Al cabo de un año ya tenían más de cincuenta mil afiliados. Fue elegida como uno de los negocios de más éxito en su segundo año de existencia. Los jugadores que se afiliaban a la escuela, en pocos meses, eran capaces de aprender desde cero y ganar en casi todos los niveles que jugaran. Sus métodos de juego eran infalibles. Poco a poco todos esos jugadores fueron temidos en las mesas de poker de todo el mundo, nadie podía hacer nada contra ellos.

Fueron pasando los años. Luis se sentía bien enseñando. Ahora ya casi no jugaba, como mucho algún torneo benéfico al que era invitado. Era uno de los jugadores de poker más famosos y respetados del mundo entero. Su escuela había sido introducida en otros tres países y sus artículos traducidos a varios idiomas. Sus métodos de juego eran seguidos por decenas de miles de jugadores ansiosos por ganar dinero. Ahora que Luis se acercaba al medio siglo de edad, por fin podía decir que era feliz. Tenía una esposa que lo quería, dos hijos fuertes e inteligentes y tal cantidad de dinero que podrían vivir de él varias generaciones de su familia.

Era un día normal para Luis. Salía tarde de las oficinas de la escuela. A pesar de todo el dinero que tenía siempre era el último en salir de la oficina. Había quedado con su mujer que pasaría a recogerla a ella y a los niños por casa y les llevaría al mejor restaurante de la ciudad para celebrar su cincuenta cumpleaños. Todos estos años le habían pasado tan rápido que ni se había dado cuenta de la edad que tenía. Al llegar a casa, abrió la puerta y de repente se oyó un grito al son de: “¡Sorpresaaa!”. Luis no daba crédito a lo que veía. Toda su familia, amigos, compañeros de trabajo, colegas de antiguas partidas, estaban allí para celebrar su quincuagésimo cumpleaños. Estaba realmente emocionado, mientras todo el mundo pasaba a saludarle. Fue una velada inolvidable. La fiesta duró hasta bien entrada la madrugada.

Cuando ya se había ido el último invitado y su mujer y los niños ya estaban acostados, Luis salió a tomar el aire para despejar un poco su cabeza después de tantas emociones. De pronto una intensa y familiar niebla rodeó todo el jardín de la casa haciendo invisible cualquier forma a más de dos metros. Como años atrás ese meteorito de luz caía de nuevo ante Luis en mitad del césped de su casa. De repente, a una velocidad vertiginosa, fueron volviendo todos esos recuerdos a la mente de Luis uno detrás de otro. Su cuerpo empezó a sudar como si estuviera dentro de una sauna en mitad del desierto. Su corazón empezó a latir rápidamente. Notaba sus músculos tan tensos que era como si se estuvieran convirtiendo en piedra.

-Hola de nuevo Luis –se escuchó desde la luz- he venido a cobrar mi parte del trato.

-¡Nooo, nooo! –gritó Luis- ¡Vete de aquí! –su voz no salía de su garganta por mucho que quisiera gritar.

-Teníamos un trato tú y yo. Yo cumplí mi parte y ahora es tu turno–sentenció el espectro.

-¡Tú no has hecho nada por mí! Lo que he conseguido, ha sido gracias a mi trabajo, a mi esfuerzo, no tienes nada que ver en mis éxitos –le reprochó Luis– ¡No voy a ir contigo a ninguna parte! Estoy en el momento más feliz de mi vida. ¡Vete, desaparece!

-Está bien, si no cumples tu parte del trato, ¡ATENTE A LAS CONSECUENCIAS! –el fantasma elevó a tal volumen e intensidad su voz que pareció que todo lo que había alrededor temblaba como si de un terremoto se tratara.

Luis se quedó paralizado, pero unos segundos después, tomó aire y gritó con todas sus fuerzas: “¡Vete de aquí, déjanos en paz! ¡Nunca iré contigo a ninguna parte!”. Al instante la niebla empezó a retroceder hasta desaparecer del todo y la brillante luz se enfiló hacia el cielo como si de un cohete se tratara. Luis se fue corriendo hacia la casa y se metió dentro de la cama tapándose con las sábanas como un niño aterrorizado.

Capítulo 3

Por la mañana toda la familia se iba a pasar el fin de semana a un hotel de lujo con spa del norte del país. Los hijos estaban desayunando mientras Luis y su mujer terminaban de hacer las maletas. “Cariño,¿te encuentras bien? Tienes muy mala cara” le preguntó su mujer a Luis. “Sí, no te preocupes, no he dormido bien después de tantas emociones ayer”. Cuando terminaron todos los preparativos cogieron su flamante 4x4 y se dirigieron al hotel.

Después de comer salieron a dar un paseo por los verdes montes de alrededor del hotel. Los dos hijos corrían arriba y abajo pasándose un balón de baloncesto. De pronto, uno de ellos, iba corriendo de espaldas para atrapar la pelota lanzada por su hermano, no vio una raíz que sobresalía del suelo y tropezó con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con una piedra. La ambulancia llegó en pocos minutos y trasladaron al chico al hospital más cercano. El pronóstico de coma profundo fue demoledor para Luis y su familia.

A la semana siguiente todo seguía igual. Mientras Luis estaba en la UCI haciendo compañía a su hijo le sonó el móvil. “Hola, dime” contestó. Era uno de sus socios de la escuela. Le anunciaba malas noticias. Las acciones en las que Luis tenía invertido gran parte de su dinero estaban cayendo en picado. Nadie se explicaba ese desplome tan inesperado. Semana tras semana las acciones iban perdiendo todo su valor. Tras mes y medio su valor era nulo.

Y eso no era todo, la escuela había recibido durante esas últimas semanas miles de mails de alumnos quejándose de que ya no ganaban en las mesas. Ellos seguían jugando igual pero siempre perdían. Parecía como si de un día para otro esos métodos infalibles dejaran de funcionar como por arte de magia. Poco a poco los jugadores fueron abandonando la escuela, afiliándose a otra, la cual, durante muchísimos años, siempre había estado a la sombra de la escuela de Luis. Poco a poco los métodos de la escuela de la competencia empezaron a funcionar y se fue convirtiendo en el nuevo referente del poker mundial.

Al cabo de un año, todo el mundo se preguntaba porque, prácticamente de la noche a la mañana, todo se había ido al traste. Nadie lo entendía, nadie menos Luis. Él conocía perfectamente la respuesta.

Luis estaba arruinado. Su hijo llevaba más de año y medio en coma; su mujer estaba en una profunda depresión víctima de la impotencia de no poder hacer nada por su hijo y de la terrible situación económica de la familia. La escuela había resultado fallida y ya ningún jugador seguía las directrices que años atrás habían dado tantos éxitos.

En una oscura y fría tarde de otoño y tras muchos días de darle vueltas a la cabeza, Luis se levantó en silencio del sillón de la habitación del hospital, besó la mejilla de su hijo pequeño que reposaba tranquilamente encima la cama ortopédica. Dio otro beso en la frente de su hijo mayor que jugaba a la última entrega de un famoso juego de consola, el cual habían reeditado. Finalmente con los ojos húmedos dio un fuerte abrazo a su mujer susurrándole al oído un estremecedor “te quiero”. Luis sabía qué tenía que hacer para salvar a su familia de la desesperación.

Cogió el coche y condujo varias horas con la mente en blanco, sin saber adónde ir, solamente quería estar solo. Cuando apenas quedaba gasolina en el depósito del coche, encontró un camino de tierra que se adentraba hacia un frondoso bosque. Se bajó del coche caminó unos metros y gritó: “¡Aquí estoy! Soy todo tuyo, llévame donde quieras y terminemos con esta agonía!”.

Luis despertó. Era como si hubiera estado durmiendo durante un largo letargo. Abrió los ojos y la luz intensa del lugar hizo que sus párpados no pudieran abrirse con facilidad. Un instante después oyó como esa voz infernal que tanto había odiado se dirigía a él: “Bienvenido a tu nueva casa, Luis. Aquí pasarás el resto de tu eternidad”. Luis se levantó del suelo y buscó enfurecido esa voz que le hablaba. Pero no veía más que luz y claridad. Una claridad infinita. El horizonte blanco inmaculado del lugar donde estaba no tenía fin. En ese lugar no había nada, solamente luz.

Caminó durante horas sin rumbo, por la inmensidad del lugar, recordando y llorando por su familia y preguntándose si su hijo por fin habría salido del coma. De repente oyó una voz a lo lejos que se dirigía a él: “Vos pelotudo, os venís a jugar a la pelota o qué hacés?” Ese hombre que le hablaba con acento argentino le recordaba a uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol que lo habían apodado hacía años como “El Pelusa”. Había fallecido en extrañas circunstancias en un fatídico accidente de tráfico del que nadie supo jamás las causas. Luis, sorprendido y aún abatido le respondió: “Eh… no gracias, yo soy más de baloncesto”, a lo que el menudo jugador argentino le respondió: “Vos os lo perdés boludo, más allá encontrarás un tal Michael que juega al básket” y se alejó dando patadas al balón.

Horas más tarde y varios quilómetros andados, se encontró con una especie de escenario con un tipo extraño encima, vestido con ropa de lo más llamativa, con unos pantalones de cuero ajustados. Cantaba él solo una canción que Luis la recordaba de cuando era joven: “The show must go on”. Le encantaba ponerse esa canción mientras jugaba sus eternas partidas nocturnas. Al pasar por delante del escenario el cantante le gritó: “¡Hey guy! No te quedas al concierto?” con un brillante acento británico. “No gracias, no estoy con ánimo de conciertos”.

Luis siguió su camino hacia la nada. Vio a un viejo chiflado con el pelo blanco escribiendo fórmulas indescifrables en una pizarra mientras le sacaba la lengua; a una pareja de científicos que discutían como un matrimonio sobre compuestos químicos en una especie de laboratorio… No entendía nada. Cansado de andar se sentó en mitad de la inmensidad.

Al cabo de un rato de estar ahí sentado pensando en todo lo que había vivido en ese extraño lugar, alguien se le acercó por detrás y le puso la mano encima de su hombro derecho.

-Hi Luis- le saludó el hombre con una voz madura y con un inconfundible acento neoyorkino- ¿Aún no te has dado cuenta del lugar donde estás? –le preguntó.

Luis, al escuchar esas palabras, no sabía cómo pero reconoció al instante a ese hombre antes de poder verlo, aunque nunca jamás había estado con él. Y antes de darse la vuelta, con una ligera sonrisa que se esbozaba en su rostro, dijo: “Sí, ahora me doy cuenta, ahora sé porque estoy aquí y cual va a ser mi castigo”.

Se giró hacia aquel desconocido y nada más verle le dijo: “Let’s play poker, Stu”.

FIN

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